El torreón de Pinto

Guía de localización de lugares de interés

El torreón de Pinto, la prisión de la princesa tuerta

Bien entrado el siglo XVI, cuando ya los castillos apenas eran visitados por sus dueños, fue práctica habitual que esos propietarios los pusieran al servicio de la justicia real como cárceles para nobles. La seguridad que ofrecían sus recios muros se convertía así en el mejor modo no de evitar un ataque exterior sino más bien una fuga desde su interior. Esto sucedió sobre todo con los situados en los alrededores de la Corte, lo suficientemente lejos como para evitar el contacto de los presos con sus partidarios, no tanto como para impedir su inmediata comparecencia en los juicios que sobre sus causas se llevasen a cabo en Madrid.

Los castillos ofrecían además el marco arquitectónico y las comodidades que correspondían a la noble condición de los presos, quienes no la perdían por muy encausados que estuvieran. Que nadie los suponga cargados de grilletes y reducidos a situaciones infrahumanas en húmedas y sórdidas mazmorras, por mucho que esa sea la imagen que la literatura y el cine nos hayan transmitido por exigencias dramáticas. En los castillos, los aristócratas encarcelados podían moverse a su antojo, vivir muy dignamente e incluso estar acompañados por un reducido séquito. Lo único que no podían hacer era salir de ellos ni en teoría mantener contactos con el exterior.

El torreón de Pinto tiene el honor de ser una de las prisiones en que estuvo cautiva, tras caer en desgracia y ser acusada de conspiración contra la Corona en 1579, la fascinante Ana Mendoza de la Cerda, Duquesa de Pastrana y Princesa de Éboli, una mujer con personalidad propia en un mundo de hombres

En esa época, el torreón pertenecía a los Carrillo de Toledo, quienes recibieron el título condal unos años más tarde, en 1624. Pero ¿desde cuándo estaba en pie? No está nada claro. El señorío de Pinto lo constituyó Pedro I en 1359 para entregárselo primero a Fernán Pérez Portocarrero y luego a Iñigo López de Orozco, enajenándolo del territorio de Madrid. Después pasó a su hija Juana, quien al menos contaba con una residencia en la villa ya que en ella, según las crónicas, tuvo lugar en 1382 un encuentro entre Juan I y el embajador luso para arreglar el matrimonio del rey con Beatriz de Portugal. Juana Meléndez de Orozco casó con Pedro Suárez de Toledo, Alcalde Mayor de Toledo y señor de Casarrubios. Tres generaciones más tarde, el señorío recaía en su bisnieta Leonor de Toledo, quien a su vez contrajo matrimonio en 1456 con Alfonso Carrillo, dando origen así al citado linaje de los Carrillo de Toledo. ¿Cuál de todos estos señores de Pinto mandó construir el castillo? ¿Es el torreón la residencia que tenía Juana Orozco en la villa? Lo más probable es que no.

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Su aspecto es muy similar al de otras torres del homenaje datadas en fechas posteriores, como Arroyomolinos y la Alameda. Las tres tienen esquinas redondeadas y proporciones muy parecidas, en ellas el acceso se encuentra en la primera planta -las tres puertas inferiores de Pinto pertenecen a la reforma moderna- y una escalera de caracol empotrada en uno de los muros comunica las tres cámaras superpuestas, y las tres estaban coronadas por torretas o garitas montadas sobre ménsulas cónicas, aquí situadas en las esquinas y el centro de las cuatro caras, un remate muy distinto al monótono parapeto actual, y mucho más espectacular, que sin duda rompería la sobriedad del conjunto. Bajo él, se conservan los apoyos cónicos. Incluso quedan los apoyos de un segundo remate, también desmontado con posterioridad, consistente en un pretil proyectado sobre canecillos y cuyo suelo hueco habría permitido a los defensores una buena defensa vertical de los cuatro flancos del torreón. Además, el escudo ajedrezado que luce en una de sus caras es ya de los Toledo, lo que querría decir que tuvo que ser edificado después de la muerte de doña Juana, cuando el linaje pasó a llevar el apellido Toledo. Por otro lado, aparece ya citado con claridad en el documento merced al que doña Leonor constituyó en 1479 el mayorazgo de Pinto en favor de su hijo primogénito. Todo indica por tanto que la obra es poco anterior. Doña Leonor fue la gran señora de Pinto. Se empeñó en unificar el señorío recuperando algunos derechos inherentes a él que habían quedado en manos de otra rama de la familia tras Juana Orozco y habían pasado a su tía, Juana Enríquez, reina de Aragón y madre de Fernando el Católico, y de ella al convento de los jerónimos de Madrid. Y lo logró. Lo más lógico es atribuirle a ella la “paternidad” del castillo.
El torreón fue abandonado a lo largo del siglo XVII y con el tiempo se usó sobre todo como palomar. Luego fue absorbido por el crecimiento de la ciudad y a su vera se construyó la estación de ferrocarril. La barrera que con toda seguridad lo rodeaba y protegía debió de ser poco a poco desmontada, quedando sus cimientos, junto a la zanja perimetral del foso, sepultados por los escombros. Aunque ahora parece una torre aislada y ninguna huella queda en superficie de esos recursos defensivos, no cabe duda de que los tuvo. Lo contrario habría sido inconcebible, pues habría supuesto exponer al edificio residencial a demasiados riesgos. Aparecerán el día que se realicen excavaciones arqueológicas a sus pies, tal y como ha sucedido en tantos otros casos analizados en esta guía. Sí se puede descartar que tuviera un recinto interior o principal anexo, pues en cambio no queda ninguna señal en los muros que pudiera indicar el lugar en que un edificio trabaría con el otro.

El torreón de Pinto tiene el honor de ser una de las prisiones en que estuvo cautiva, tras caer en desgracia y ser acusada de conspiración contra la Corona en 1579, la fascinante Ana Mendoza de la Cerda, Duquesa de Pastrana y Princesa de Éboli, una mujer con personalidad propia en un mundo de hombres, una viuda poderosa que, con su parche en el ojo, no se sabe si por haberlo perdido practicando esgrima o por ser estrábica, no podía pasar desapercibida ni dejar de provocar secreta admiración o manifiesto rechazo. La leyenda que la envuelve incluye unos supuestos amoríos con el propio rey, quien, con su castigo, habría pagado en carne ajena la frustración de no poder dominar por completo a la independiente Ana. En Pinto también estuvo preso su presunto compañero de intrigas, Antonio Pérez, secretario de Felipe II.

En los años cuarenta, su propietaria, la Duquesa de Andría, lo rehabilitó. Y ahora se encuentra dentro de una finca circundada por altas tapias y desgraciadamente ni se puede visitar ni es fácil contemplar su figura completa desde las calles colindantes. Un acuerdo firmado por el Ayuntamiento con los actuales titulares hace unos años permitirá abrirlo al público. Esperemos que lo sea pronto y que de este modo se sume a los otros conjuntos que hacen que el Patrimonio Cultural de Pinto merezca la atención de los amantes de la historia: la Casa de la Cadena, un palacio del siglo XVII ahora convertido en centro cultural y sede de un museo precisamente dedicado a la historia y la etnografía pinteñas; la iglesia de Santo Domingo de Silos y el convento de las Madres Capuchinas.